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ANDRAS SCHIFF, El clave bien temperado

 

Teatro Colón

Lunes 14 de Agosto de 2017

 

Escribe: Eduardo Balestena

 


AndrásSchiff (piano).

El clave bien temperado, Libro 1(BXV 846-869) de Johann Sebastian Bach.

Ciclo NuovaHarmonia

 

 

András Schiff se presentó en el Teatro Colón de Buenos Aires en ciclo de Nuova Harmonia con una versión integral del primer libro de preludios y fugas de El clave bien temperado, de Johann Sebastian Bach (1685-1750).


Nacido en Budapest y con una relevante trayectoria internacional, profundo conocedor de la obra de Bach, su presentación significó la posibilidad de acceder a una versión referencial de una de las obras mayores del repertorio musical.


Una creación trascendente
El valor de El clave bien temperado es, por así decirlo, doble (sus valores son muchos y muy profundos para reducirlo a dos de sus aspectos): más allá de su finalidad didáctica, al establecer el sistema de afinación por temperamento igual, se encuentra su enorme belleza y profundidad, una que concilia el rigor más absoluto con la más libre imaginación musical.
Compilada en 1722 por el autor, la serie de 24 preludios y fugas que componen el primer libro los concibe en las 24 tonalidades mayores y menores en las que se encuentran escritos.


En el detallado ensayo de Enrique Arenz (Juan Sebastian Bach y su obra El clave bien temperado. Diario La Capital, Mar del Plata), se señala que afinados anteriormente los instrumentos de teclado con similar criterio que los de cuerdas, por quintas consecutivas,  al no diferenciarse los semitonos diatónicos de los cromáticos, la progresión de quintas iba trasladando errores que se sumaban en la última (la quinta del lobo), produciendo un sonido desagradable. El sistema propuesto consistía en repartir esa distorsión de forma igual –e imperceptible- entre los demás sonidos. Con ello, podrían ser abordadas distintas tonalidades en la interpretación sin tener que afinar nuevamente el instrumento.
Más allá de la importancia nodal que ello reviste –ya que el sistema occidental se organizó a partir del temperamento igual- se encuentra el hecho de que si dejáramos de lado su centralidad técnica e histórica la obra se impondría plenamente –más allá de sus aspectos formales- por sus propios valores estéticos.


Un paisaje cambiante
En su espíritu totalizador –ya que produce hondas sensaciones y un profundo deslumbramiento intelectual al mismo tiempo- se hace evidente su incesante variedad: rítmica, en la intensidad de las frases, en su duración, inflexiones, continuidad y fraseo, en un paisaje sonoro donde nada es convencional ni repetitivo.  


Casi siempre, sobre un elemento inicial, en sí sencillo, discurre un desarrollo que explora, dentro de intervalos determinados, las posibilidades del motivo que discurre libremente, abriéndose a nuevas inflexiones en las cuales, sobre la base de esos intervalos que le dan unidad, va mudando en algo distinto: lo hace en la sutileza del fraseo, en los colores que surgen de ese fraseo que juega tanto con la duración de las notas como con la articulación.


Surge de esta característica que el discurso no es de notas absolutamente ligadas ni absolutamente netas. Continuidad en una misma línea dividida en distintos sonidos, suavidad en las articulaciones en que esa línea se divide y una enorme sutileza en el color, la atmósfera siempre íntima de la obra demanda delicadeza en algunos momentos y fuerza y precisión en otros (como el preludio número 6, en re menor). En el preludio nro 3 (do sostenido mayor), por ejemplo, de una simple reiteración rítmica se desprende otro patrón que conduce a un cambio en el motivo y lo resuelve, luego de un nuevo desarrollo, en un acorde. Los ejemplos podrían repetirse en una larga serie, iluminando aspectos siempre diferentes.  


Sobre esta base motívica Bach construye el enorme edificio del contrapunto y la fuga que expanden, complejizan y elevan cada elemento a todas sus posibilidades, formales y expresivas y todas esas posibilidades parecen infinitas.


Dominio interpretativo
Las exigencias son muchas y de gran compromiso, no obstante, el discurso musical ofrece al intérprete muchas posibilidades, de allí que cada versión sea distinta: lo es no sólo por el dominio técnico sino por el sello que cada pianista puede imponer a partir de él. La madurez interpretativa parece evidenciarse en la naturalidad y ductilidad con que el músico pueda hacer suyo ese discurso y producirlo no de modo repetitivo o mecánico sino dúctil y con todos sus matices.
Con un uso extremadamente limitado del pedal, en un horizonte donde no importa realzar el volumen sonoro ni producir efectos, el pedal pareció destinado a dar continuidad y a realzar puntualmente algunos pasajes en un panorama sonoro hecho de diversidad y de unidad a la vez.


Dueño de un carisma muy propio, hecho de calma y delicadeza, despojado de todo histrionismo, András Schiff no sólo hizo la obra de memoria sino que, luego de la hora cincuenta que demandó su presentación, tocó dos bises: parte del concierto italiano y la sarabanda de las variaciones Goldberg; en un caso con la precisa y festiva energía propias del concierto italiano y en el otro con bellísimas sutilezas en los acentos.


Auto exiliado de su país natal por motivos políticos, director de orquesta y solista, lleva a cabo una vasta actividad que ha incluido su grabación integral de las sonatas para piano de Ludwig van Beethoven, las últimas obras para piano de Schubert en un pianoforte de 1820, entre otros hitos. Galardonado con importantes premios y con un repertorio integrado con obras de Bach; Haydn; Mozart; Beethoven; Schubert; Schumann y Bartók, András Schiff usó la metáfora de los colores para denotar el valor estético del primer libro que interpretó. Asimiló el do mayor al blanco; el do menor a los amarillos y ejemplificó sobre otras tonalidades vibrantes, como el re mayor con los bronces.


Imágenes que permiten aproximarnos a aspectos de la interpretación que llevó a cabo, las complejidades de la obra en sí misma y el meditado y profundo modo en que la abordó.    
  

 

 

Eduardo Balestena