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Comenzó el Ciclo Aura

 

CON UN MAGNÍFICO RECITAL DE MAXIM VENGEROV

 

 

Teatro Colón

Lunes 18 de mayo

 

Escribe: Carlos Ernesto Ure

 

Schubert: Sonata en sol menor, opus 37 n 3, D 408

Shostakovich: Sonata, opus 134

Brahms: Sonata N° 3, en re menor, opus 108.  

 

Polina Osetinskaya, piano y Maxim Vengerov, violín

                                                         

 

“El mejor intérprete de cuerdas vivo”. “El mejor violinista de la actualidad”. Dejemos de lado estas hipérboles, producto de colegas arrebatados por el entusiasmo. Pero lo cierto es que Maxim Vengerov (51), hijo de una maestra de música de Siberia, es una de las figuras sobresalientes del l mundo musical internacional. Discípulo, aunque parezca un tanto extraño, de su compatriota Mstislav Rostropovich, adoptó si se quiere su instrumento “como vehículo de canto lírico”, y se formó en la escuela rusa (Jascha Heifetz), que anclaba en realidad sus raíces en la matriz señera y tradicional de la franco-belga (Kreutzer, Vieuxtemps). Nacido en Novosibirsk, nuestro visitante, que había hecho su debut en nuestro medio en 1996, traído con ojo certero por el Mozarteum Argentino, retornó a Buenos Aires en numerosas oportunidades, y reapareció el lunes en el Colón, en la inauguración del Ciclo Aura, brindando un recital que alcanzó en verdad nivel decididamente superlativo.    

 

Impresionante Shostakovich

 

La jornada, con numeroso público que terminó aplaudiendo de pie, comenzó con una Sonatina de Schubert, pieza de salón, absolutamente adscripta al romanticismo vienés, que sirvió para exhibir ya desde ese momento el rango de los intérpretes.

 

La pianista rusa Polina Osetinskaya, con sus pausas, estilo y notas diáfanas, desgranadas como perlas, dio la impresión, con toque fino, de que más allá de mera acompañante, posee dimensión de solista ella misma.

 

Vengerov, por su lado, lució arco notablemente terso y sedoso en toda la tesitura, estupendos “ostinati” en piano y registro medio (se oyeron todas y cada una de las notas), respiración y musicalidad impecablemente compartidas con su “partenaire”. Esto además de la redonda nitidez del sonido en todas sus variantes. El clásico “andante” schubertiano exteriorizó exquisita plasticidad, el “finale” fue chispeante y saltarín.   

 

Luego, en el contexto de un programa de llamativa heterogeneidad, le tocó el turno a la Sonata opus 134, de Shostakovich, trabajo sin duda abstracto (para nada minimalista, como se lo ha dicho), si se quiere emparentado con una suerte de expresionismo introspectivo lírico-dramático. Su traducción, de penetrante impresión en toda la audiencia, cobró muy alto vuelo a favor de la expresiva entrega de ambos ejecutantes. Vengerov desplegó un discurso de incansable vitalidad y elocuencia, transido por tresillos, mordentes, dobles cuerdas, trémolos casi en el límite de la audición, siempre en un marco de natural fluidez. Pero lo más impactante de su labor fue el legato, pleno de claroscuros y matices, variación de intensidades, desplegado en cadencias y células de esmerada elaboración dinámica. Violento en las agitadas y ásperas variaciones del rítmico “allegretto”, el “largo” culminó casi con un resplandor mágico, ya que, en medio de sutiles arpegios del teclado, el sonido de la cuerda sola se fue desvaneciendo en el espacio con incierto cromatismo, hasta apagarse del todo.  

  

Un Brahms severo

Violista, director de orquesta, pedagogo, embajador de la UNICEF, dominador absoluto de su violín, el gran artista ruso ganó su primer concurso a los once años (había iniciado sus estudios a los cinco), y a partir de allí siguió cosechando premios, uno tras otro. Actuó con grandes maestros (Giulini, Abbado, Mehta, Sawallisch, Barenboim, Gergiev), tuvo problemas de salud, practicó deportes de manera extremada, y retomó una carrera que lo elevó al estrellato (Salzburgo, Carnegie Hall) y conciertos con las más importantes orquestas del mundo (Concertgebouw, Filarmónicas de Nueva York, Viena, Radio France y Berlín, Sinfónicas de Chicago y Londres, entre otras). Esto aparte de realizar innumerables grabaciones.

 

En la segunda parte del recital, la Sonata opus 108, de Brahms, tercera de una serie, aún dentro de su aspirada bonanza, no dejó de mostrar el canónico academicismo tan propio de la literatura camarística de su autor. Ello no obstante, el dúo acreditó ciertos acentos de corte elegíaco en sus primeros movimientos (el “adagio” fue muy bonito), fiereza y trazos de vigorosa actitud en los restantes, con limpios saltos interválicos, enérgicos “crescendi” y “accelerandi”, sin salirse de una línea equilibrada (esto es: mucho menos violenta y pirotécnica de lo que podía ser).

 

Parece fundamental destacar que a lo largo de esta jornada agotadora y ardua para sus protagonistas, Vengerov (“en las artes la inteligencia artificial nunca podrá reemplazar al ser humano”) no tuvo un solo sonido, ni siquiera brevísimo o secundario, que fuera levísimamente chirriante, agrio, destemplado. Cosa que puede acontecer aún con los más grandes y famosos violinistas de la historia. Por el contrario, su tañido fue permanentemente dulce, plagado de deslizamientos de armoniosa, exquisita, tocante calidez.

 

Los bises fueron: la Danza Húngara N° 17, también de Brahms, la dulce “Mélodie”, de “Souvenir d’un lieu cher”, de Tchaicovsky, y la Marcha de “El Amor por Tres Naranjas”, de Prokofiev. Y un punto negro: como programa de mano, pese a la jerarquía y costo de la función, sólo se distribuyó un cartoncito minúsculo. ¡Qué mal!

 

 

Calificación: excelente

 

 Carlos Ernesto Ure