MAXIM VENGEROV Y POLINA OSETINSKAYA
Teatro Colón
Lunes 18 de mayo
Escribe: Martin Wullich
El violinista y la pianista ofrecieron un recital de altísimo vuelo artístico, entre la profundidad expresiva de Shostakovich y el lirismo de Schubert y Brahms.
Schubert: Sonata en sol menor, opus 37 n 3, D 408
Shostakovich: Sonata, opus 134
Brahms: Sonata N° 3, en re menor, opus 108.
Polina Osetinskaya, piano y Maxim Vengerov, violín
El regreso de Maxim Vengerov al Teatro Colón tuvo esta vez el atractivo de compartir escenario con la pianista Polina Osetinskaya, partenaire artística suya desde hace una década. El resultado fue una de esas noches en las que la música de cámara alcanza una dimensión excepcional, sostenida por dos intérpretes de enorme temperamento y refinamiento.
Ya un amigo de nuestro país, Vengerov mantiene intacta esa combinación poco frecuente entre virtuosismo deslumbrante y hondura expresiva. Dueño de un sonido noble y profundo, extrae del violín una amplitud de colores admirable, siempre al servicio de la música antes que de la exhibición técnica. Y aunque la técnica aparece constantemente —porque su dominio es absoluto—, jamás se transforma en un fin en sí mismo.
Desde los primeros compases de la Sonata para violín y piano en sol menor, D. 408, de Schubert, pudo advertirse el extraordinario entendimiento entre ambos intérpretes. La frescura de la obra juvenil encontró en ellos una lectura transparente, elegante y fluida, con frases que parecían trasladarse naturalmente de un instrumento al otro. Allí comenzó a revelarse uno de los mayores logros: la sensación de escuchar una única respiración musical.
La compenetración se volvió aún más evidente en la Sonata para violín y piano, op. 134, de Shostakovich, centro dramático del programa. Las reminiscencias rusas afloraron con intensidad en la expresión de ambos músicos, especialmente en los pasajes más ásperos y sombríos de la obra. Impactantes staccatos, secos pizzicatos y densidades sonoras de enorme tensión convivieron con pianissimi de notable delicadeza y momentos de inesperada calma.
Fue un desafío colosal para ambos intérpretes, resuelto con total entrega. El arco de Vengerov llegó incluso a desprender crines en los momentos de mayor intensidad, testimonio físico de un verdadero tour de force interpretativo. Pero aun en medio de semejante despliegue de energía, nunca se perdió la sutileza ni el cuidado del detalle expresivo.
Osetinskaya resultó mucho más que una acompañante de lujo. Su piano aportó exquisitez, precisión y una escucha permanente, en un diálogo musical de inusitada naturalidad. Junto al violín de Vengerov construyó momentos memorables, en las que hasta los pasajes de mayor complejidad fluían con absoluta soltura.
Tras el intervalo llegó la Sonata para violín y piano n.º 3 de Brahms, abordada con intensidad romántica y una expresividad siempre contenida dentro del mejor gusto. La fluencia del dúo, la sutileza en los matices y la belleza melódica de las líneas volvieron a imponerse en una interpretación de gran vuelo artístico.
El vínculo con el público también aportó calidez a la noche. En un momento distendido, Vengerov confesó haber olvidado sus anteojos para leer la partitura; desapareció apenas unos segundos tras bambalinas y regresó enseguida, entre sonrisas y aplausos, para retomar la música con total naturalidad.
Los cuatro bises terminaron de confirmar el clima de comunión que se había instalado en la sala. Fue el propio Vengerov quien presentó personalmente cada una de las piezas, en un vínculo cercano con el público. La Danza húngara n.º 17 de Brahms, la Melodía de Tchaikovsky, la “Marcha” de El amor por tres naranjas de Prokofiev y la Marcha miniatura vienesa de Fritz Kreisler prolongaron el entusiasmo de una audiencia completamente entregada.
La dulzura y emotividad del violín de Vengerov, fusionadas con la exquisitez pianística de Osetinskaya, dieron forma a una velada memorable en el Teatro Colón, dentro de la segunda temporada de Aura en la Argentina.
Martin Wullich


