DEMENTIA: ¿Una ópera siglo XXI?
Teatro Colón
Domingo 31 de mayo de 2026
Escribe: Alejandro A. Domínguez Benavides
Fotos: Juanjo Bruzza, Patricio Cortés, Teatro Colón
Dementia, Ópera en tres cuadros y un epílogo. Música Oscar Strasnoy Libreto Ariana Harwicz.
Elenco: Florencia Burgardt, Sebastián Angulegui, Daniela Tabernig, Alejandro Spies, Monica Ferracani, Victor Torres, Milva Leonardi (actriz), Pablo Ruiz Seijo (actor)Cintia Velázquez, María Castillo, Gabriel Vacas, Marcelo Reynes, Leonardo Fontan.Ivan Rutkauskas (pianista).
Coreografía: Luciana Acuña.
Video: Martín Borini e Ignacio Ragone.
Dirección Escenica: Mariano Pensotti .
Escenografía y vestuario: Mariana Tirantte.
Iluminación: Matías Sendón.
Orquesta Estable del Teatro Colón.
Dirección musical: Tito Ceccherini.
En primer lugar, el estreno internacional de la ópera Dementia se erige como uno de los acontecimientos más relevantes del año debido a la continuidad institucional que permitió su realización: iniciado por la administración anterior y sostenido por las actuales autoridades, este proyecto logró concretarse en el escenario del Teatro Colón, lo que evidencia un compromiso sostenido con la innovación artística y el reconocimiento de propuestas contemporáneas. En segundo lugar, la colaboración entre tres destacados argentinos radicados en el exterior —Oscar Strasnoy, Ariana Harwicz y Mariano Pensotti— resultó en una obra donde convergen aportes notables: por ejemplo, Strasnoy introduce una utilización innovadora de la percusión, generando atmósferas inquietantes y rupturas rítmicas que refuerzan el drama, mientras Harwicz aporta una mirada contemporánea y descarnada en el libreto, abordando temas como la fragilidad de la identidad y la complejidad de las relaciones personales con un lenguaje incisivo y actual. Finalmente, la respuesta de la audiencia fue ejemplar; los espectadores recibieron la ópera del siglo XXI con respeto y entusiasmo, valorando tanto la propuesta estética como la audacia de sus creadores, lo que refleja una madurez creciente en el público argentino frente a las nuevas formas de expresión escénica.
Estas tres razones —la continuidad institucional, la sinergia creativa de artistas argentinos y la recepción madura del público— no solo justifican una celebración, sino que ilustran el impacto concreto de Dementia en el panorama operístico actual. A diferencia de las reinterpretaciones tradicionales que suelen modificar el sentido original de las obras, en esta ocasión la innovación presentada genera una sensación de alivio y esperanza, marcando un hito que trasciende preferencias personales y debates estéticos, y consolidando a la ópera como un espacio legítimo para la experimentación y el diálogo contemporáneo.
En una casa de campo francesa, una joven escritora y su pareja y traductor, ambos de unos veinticinco años, se embarcan con entusiasmo y expectativas en la creación de su obra en conjunto. La escritora, impulsada por el deseo de ser reconocida y de explorar su voz creativa, encuentra en la convivencia una oportunidad para compartir su mundo interior, mientras el traductor busca reafirmar su papel esencial en la vida de la autora, aspirando a trascender más allá de la mera función de intermediario lingüístico y ser parte integral del proceso artístico. Sin embargo, pronto las inseguridades de ambos afloran: ella teme que su creatividad se agote y que la admiración del traductor se transforme en competencia; él, por su parte, experimenta celos ante la independencia intelectual de su pareja y se siente relegado cuando la inspiración la abandona.
Los celos y la falta de inspiración se convierten en catalizadores de tensiones internas: la escritora se obsesiona con el sonido del piano que irrumpe desde la casa vecina, incapaz de concentrarse, mientras la presencia de la joven mucama (Milva Leonardi) —y su repentina desaparición— despierta sospechas y fantasmas en ambos. El traductor, atrapado entre el rol de apoyo y el deseo de ser protagonista, se inquieta por la distancia emocional de su esposa y por la sombra de la criada ausente, lo que lo lleva a cuestionar sus propias motivaciones y su lugar en la relación.
La ópera se estructura en tres cuadros, definidos como actos consecutivos y lineales, que representan las tres etapas vitales de la pareja: juventud, madurez y vejez. Cada cuadro explora en profundidad los cambios emocionales y relacionales de los protagonistas, alternando sus perspectivas a medida que evolucionan. Los saltos temporales no se presentan como flashbacks tradicionales, sino que ocurren mediante transiciones directas y fluidas. Por ejemplo, las escenas avanzan de una época a otra sin cortes abruptos, permitiendo que los protagonistas del presente se encuentren o se reflejen en sus versiones futuras. De esta manera, el paso del tiempo se manifiesta de forma inexorable y continua, mostrando cómo convergen las distintas facetas de los personajes a lo largo de la narrativa.
La historia se enriqueció notablemente gracias a la escenografía y el vestuario. Por ejemplo, los colores repetidos del vestuario y los elementos de la escenografía crearon una atmósfera de una pieza teatral que se desarrolla en un living bastante clásico acompaña correctamente el desarrollo de la trama. Si bien el uso del disco giratorio pudo resultar insistente, consideramos que se justifica plenamente: el movimiento constante del disco giratorio reforzó visualmente la idea de que los personajes están atrapados en un ciclo temporal, lo que intensificó el sentido de repetición y destino en la obra, aportando profundidad a la experiencia del espectador.
Desde una perspectiva musical, Strasnoy concibe el proceso compositivo como una indagación orientada al “clima” emocional antes que a la representación literal del texto. Este clima se estructura mediante la selección cuidadosa de armonías, ritmos y timbres específicos, capaces de evocar estados emocionales determinados en el oyente e introducirlo en atmósferas de tensión, nostalgia o inquietud. Según Strasnoy, “la música transmite lo que el texto no expresa de manera explícita: el subtexto, el estado de ánimo, el clima; incluso puede contradecir el contenido verbal”. Como se observa en su ópera Le Bal, donde la utilización de acordes disonantes y un ritmo acelerado genera una percepción de ansiedad, mientras que el libreto expone una escena aparentemente apacible; esta técnica permite que el oyente advierta una inquietud subyacente ausente en el diálogo. En consecuencia, la música puede desvelar emociones implícitas o establecer un contraste intencionado con el texto, enriqueciendo así la experiencia dramática y profundizando el sentido de la obra.
Las voces mostraron, en general, un equilibrio parejo. Se destacó Daniela Tabernig por la potencia de sus agudos y su versatilidad actoral. Por su parte, Mónica Ferracani interpretó de manera convincente el papel de una señora mayor perturbada. Tanto Florencia Burgardt como Sebastián Angulegui enfrentaron dificultades por la disposición abierta de la escenografía, lo que afectó su proyección inicial; aun así, ambos lograron desempeños correctos. Alejandro Spies impresionó con su potente registro vocal y una interpretación emocionalmente convincente que aportó realismo al personaje. Por su parte, Victor Torres interpretó de manera sobresaliente a un señor de setenta y cinco años, combinando una buena voz con un conocido histrionismo actoral que enriqueció su personaje. Ivan Rutkauskas pianista cumple su cometido acabadamente.
CALIFICACIÓN: MUY BUENA






