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Bellini entre la belleza del canto y el desconcierto de la escena

I Capuleti e i Montecchi

Jueves 25 de junio de 2026

Teatro Colón

 

Escribe: Víctor Fernández

 

 

 

 

I Capuleti e i Montecchi, estrenada en La Fenice de Venecia en 1830, ocupa un lugar singular dentro del catálogo de Vincenzo Bellini. Aunque el nombre de Romeo y Giulietta conduce de inmediato al imaginario shakespeariano, la ópera no nace de una adaptación directa de Shakespeare, sino de una tradición italiana anterior, atravesada por crónicas de facciones, reelaboraciones literarias y libretos previos. Por eso, la obra concentra la tragedia menos en el despliegue romántico de los amantes que en el peso de los linajes, el poder familiar y una violencia política que parece condenarlos antes de que puedan elegir su destino.


En Bellini, esa fatalidad no se expresa por acumulación de episodios, sino por la tensión interior de una línea vocal que avanza como si conociera desde el comienzo el desenlace. La belleza melódica, lejos de suavizar la tragedia, la vuelve más vulnerable: cada frase parece suspendida entre el deseo de escapar y la certeza de que no habrá salida.


El regreso de I Capuleti e i Montecchi al Teatro Colón tenía, además, un valor particular. Se trata de una obra con presencia temprana en Buenos Aires y con una historia posterior irregular, hecha de apariciones, ausencias y recuperaciones. Su vuelta a la sala principal del Colón no podía leerse solo como la reposición de un título belliniano, sino como el reencuentro con una obra que la ciudad conoció pronto, perdió durante largos períodos y vuelve ahora a enfrentar desde una nueva escena.


En ese cruce entre la historia del título, la belleza vulnerable de Bellini y la expectativa generada por su regreso al principal escenario lírico argentino, la representación produjo una primera sensación difícil de evitar: el desconcierto.


Es difícil la tarea del crítico cuando la expectativa ante una producción se apoya en trabajos anteriores de sus creadores y el resultado, una vez trasladado a la escena, no parece estar a la altura de esos antecedentes.
La actual puesta de I Capuleti e i Montecchi presenta un marco arquitectónico que parece aspirar a cierto historicismo, pero ese propósito entra rápidamente en contradicción con elementos que lo desmienten. Si la intención era situar la acción con precisión en la época de los hechos representados, resulta difícil justificar la presencia de signos escénicos que responden a códigos posteriores, como el muro que encierra la escena con huesos y calaveras, más cercano a una simbología conceptual contemporánea que al universo histórico que la producción parece invocar.


El problema, sin embargo, no se limita a esa contradicción visual. Una puesta historicista, en el teatro lírico actual, no puede limitarse a reproducir una estética escénica antigua ni rechazar los recursos de representación que el tiempo incorporó al lenguaje operístico. En ese sentido, ciertos momentos —como el coro subido a la mesa, la entrada de Giulietta en el segundo cuadro, más cercana a una procesión devocional que a una aparición dramática, o el tratamiento del dúo de la segunda escena, entre otros— parecen responder menos a una mirada actual sobre Bellini que a formas teatrales más próximas a la estética de las primeras representaciones porteñas en el Teatro Principal de la Victoria.


La consecuencia es una escena que oscila entre la cita histórica, la convención envejecida y el gesto simbólico no integrado, sin alcanzar una verdadera unidad de concepto. No queda claro si se quiso hacer exactamente lo que se vio, o si una idea inicial más definida perdió eficacia en su traslado al escenario. Si ocurrió lo segundo, estaríamos ante un problema de concreción. Pero si lo visto fue, efectivamente, la idea original, entonces la dificultad resulta mayor: la producción se vuelve, en buena parte, incomprensible.


Frente a esa incertidumbre escénica, el aspecto musical ofreció un terreno mucho más firme. La dirección musical de Evelino Pidò ofreció una lectura bien proporcionada en los planos sonoros, sensible a los matices tímbricos y sostenida por tempi de notable precisión. Al frente de la Orquesta Estable, se afirmó con solvencia y aplomo, favoreciendo una respuesta compacta y equilibrada.


En una partitura como esta, donde la respiración del canto exige sostén, flexibilidad y una atención constante a la arquitectura de la frase, la dirección logró preservar el pulso interno de la obra sin forzar su lirismo ni convertirlo en mera contemplación. Bellini necesita tiempo, pero no inmovilidad; expansión, pero no abandono. En ese equilibrio se sostuvo buena parte de los mejores momentos musicales de la noche.


El elenco de la noche del debut —Yaritza Véliz como GiuliettaSilvia Tró Santafé como RomeoIoan Hotea como TebaldoNicola Ulivieri como Capellio y Fabrizio Beggi como Lorenzo— cumplió con creces los requerimientos de la partitura, tanto en el plano vocal como en la adecuación estilística al universo belliniano.
La Giulietta de Yaritza Véliz encontró un espacio expresivo adecuado para el lirismo dolorido del personaje. Su canto permitió delinear una figura frágil sin caer en la mera pasividad, sostenida por una línea de apreciable musicalidad y por una emisión capaz de integrarse al clima elegíaco de la obra. A su lado, Silvia Tró Santafé compuso un Romeo de nobleza vocal y presencia estilística, con una comprensión clara del fraseo y de esa particular escritura belliniana que exige intensidad sin exceso.
El vínculo entre ambas voces resultó uno de los puntos más logrados de la función inaugural. En I Capuleti e i Montecchi, la elección de Romeo para una voz femenina no es un dato accesorio: modifica el color de la tragedia y acerca a los amantes a una zona de afinidad tímbrica que vuelve más íntima su desesperación. Cuando esa cercanía encuentra una respuesta musical convincente, los dúos adquieren una cualidad suspendida, casi irreal, que pertenece de lleno al universo de Bellini.


Ioan Hotea, como Tebaldo, aportó firmeza vocal y adecuada presencia dramática, mientras que Nicola Ulivieri dio a Capellio la autoridad requerida por un personaje que encarna menos a un padre que a una estructura de poder. Fabrizio Beggi, como Lorenzo, completó con solvencia el cuadro principal, aportando el necesario contrapunto de humanidad dentro de una trama dominada por la rigidez del enfrentamiento familiar.
De resultado más irregular fue la intervención del elenco alternativo que se presentó en la segunda función, integrado por Jaquelina Livieri como GiuliettaEkaterina Vorontsova como RomeoSantiago Martínez como TebaldoSergio Wamba como Capellio y Fernando Radó como Lorenzo. Las mayores reservas aparecieron, especialmente, en sus dos protagonistas: la soprano argentina Jaquelina Livieri y la mezzosoprano rusa Ekaterina Vorontsova, quienes no alcanzaron el mismo grado de fluidez, homogeneidad y tensión expresiva que había ofrecido el elenco de la noche inaugural.


En el caso de Giulietta y Romeo, la partitura no admite soluciones aproximadas. La escritura de Bellini exige una línea sostenida, una respiración amplia, control del legato, dominio de las medias voces y una expresividad capaz de nacer del canto antes que del gesto. Cuando esos elementos no se integran con naturalidad, la emoción se resiente y la tragedia pierde parte de su poder de suspensión. Eso ocurrió en varios pasajes de la segunda función, donde el discurso vocal apareció menos orgánico y la relación entre los protagonistas no alcanzó la misma intensidad poética.


Santiago MartínezSergio Wamba y Fernando Radó completaron el elenco alternativo con distintos grados de eficacia, aunque la impresión general quedó condicionada por el rendimiento de la pareja central. En una ópera tan dependiente del equilibrio entre las voces protagonistas, cualquier debilidad en ese núcleo repercute sobre el conjunto.


El Coro Estable, preparado por Miguel Fabián Martínez, respondió con la solidez esperable, aunque la marcación escénica no siempre favoreció su presencia dramática. En una obra atravesada por el conflicto entre facciones, el coro debería funcionar como cuerpo político, como presión colectiva, como amenaza social. Sin embargo, algunas decisiones de puesta tendieron a debilitar esa función, convirtiendo momentos potencialmente tensos en imágenes de eficacia discutible.


El balance final deja una sensación dividida. Desde el foso, la obra encontró una lectura musical sólida, cuidada y estilísticamente atenta. En la función inaugural, además, el elenco principal supo sostener con solvencia las exigencias de una partitura que reclama belleza, control y verdad expresiva. Pero la escena no logró acompañar con igual claridad ese recorrido. Entre un historicismo impreciso, símbolos no integrados y convenciones teatrales que parecieron mirar más hacia el pasado que hacia una verdadera lectura contemporánea de Bellini, la producción terminó instalando más preguntas que respuestas.


I Capuleti e i Montecchi volvió al Teatro Colón con la fuerza de una obra que merece ser escuchada, revisitada y comprendida en toda su singularidad. Bellini estuvo, muchas veces, en la orquesta, en el canto y en esa melancolía suspendida que atraviesa la partitura. Lo que no siempre apareció fue una escena capaz de dialogar con esa música, de iluminarla desde una idea clara y de convertir su belleza fatal en verdadera experiencia teatral.

Víctor Fernández
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