CARMINA BURANA, comunión musical
Palacio Libertad
Viernes 17 de julio de 2026
Escribe: Martin Wullich
Fotos: Santicuore
Carlos Vieu, la Orquesta Estable del Teatro Colón y los Coros Estable, Polifónico Nacional y de Niños del Teatro Colón desplegaron una versión de jerarquía excepcional
- Carmina burana (cantata profana)
- Música: Carl Orff (1895-1982)
- Coros: Polifónico Nacional (Dir. invitado: Fernando Tomé), Estable del Teatro Colón (Dir.: Miguel Martínez) y de Niños del Teatro Colón (Dir.: Mariana Rewerski)
- Cantantes solistas: Laura Rizzo, Ricardo González Dorrego, Fabián Veloz
- Orquesta: Estable del Teatro Colón
- Dirección musical: Carlos Vieu
La función se anunció dedicada a la memoria del maestro Pedro Ignacio Calderón y envolvió al Palacio Libertad en un silencio cargado de emoción. Bastó el estallido inicial del inolvidable O Fortuna para intuír que aquella no sería una función más. La versión concebida por Carlos Vieu al frente de la Orquesta Estable del Teatro Colón, junto al Coro Estable, el Coro Polifónico Nacional y el Coro de Niños del Teatro Colón, alcanzó una expresividad extraordinaria.
La disposición de los cuerpos corales generó una experiencia sonora envolvente. La imponente masa vocal, la nitidez de cada línea, la precisión de los ataques y el admirable equilibrio con la orquesta se percibían con igual claridad desde cualquier ubicación.
Más que la reunión de cuatro organismos musicales de excelencia, la interpretación alcanzó un grado de cohesión pocas veces escuchado. Cada coro, la orquesta, los solistas y la dirección parecían respirar con un mismo pulso. Buena parte de ese logro respondió a la preparación de los coros, a cargo de Fernando Tomé (Coro Polifónico Nacional), Miguel Martínez (Coro Estable del Teatro Colón) y Mariana Rewerski (Coro de Niños del Teatro Colón). Carlos Vieu sostuvo con admirable naturalidad el equilibrio de semejantes fuerzas musicales, sin resignar claridad, refinamiento ni intensidad expresiva.
De hecho, la Orquesta Estable del Teatro Colón ofreció una actuación superlativa. La riqueza tímbrica, la precisión de la percusión, la expresividad de las cuerdas y la belleza de los solos instrumentales —especialmente el de la flauta— revelaron una formación en estado de gracia. Pero quizás lo más admirable haya sido la naturalidad con la que transitó desde fortísimos arrolladores hasta pianísimos de exquisita delicadeza, manteniendo intacta la tensión dramática. La partitura de Carl Orff desplegó toda su energía. Los contrastes entre vigor rítmico y lirismo otorgaron identidad a cada episodio sin quebrar el discurso musical.
Los tres cantantes solistas aportaron personalidades bien definidas. La soprano Laura Rizzo emocionó con la refinada sensibilidad de In trutina y alcanzó uno de los momentos más delicados en Dulcissime, donde la pureza de su línea de canto transmitió con admirable naturalidad la entrega amorosa del texto. El tenor Ricardo González Dorrego resolvió con musicalidad y brillo la exigente escritura de Olim lacus colueram, e imprimió gran sensibilidad al lamento del cisne. El barítono Fabián Veloz se impuso en Ego sum abbas, así como en los episodios de In taberna y del Cour d'Amour, donde combinó autoridad, ironía y lirismo con notable soltura.
Quizá el único elemento ausente haya sido la incorporación de sobretítulos. Los poemas medievales reunidos por Orff poseen un significado extraordinario, y comprenderlos en tiempo real habría permitido apreciar todavía más el estrecho vínculo entre palabra y música.
El entusiasmo del público se tradujo en una ovación prolongada y fervorosa. Y no podía existir un bis más apropiado que el regreso de O Fortuna. No fue una simple concesión al aplauso, sino la conclusión natural de una experiencia artística de esa magnitud. Fue una verdadera comunión musical, de esas que trascienden la excelencia interpretativa para permanecer resonando en la memoria tiempo después del último acorde.
Martin Wullich

